Crecer homosexual en un mundo hecho por y para heterosexuales
es más complicado de lo que cualquier heterosexual pueda imaginar. Ciertas
instituciones enseñan que lo correcto es que un varón y una mujer se junten
porque se aman, más no de otra forma. Mientras que otras instituciones dicen
que si te gusta alguien del mismo sexo eres un anormal o “estás enfermo” y si eres menos suertudo te dicen “aberración del
demonio” o “abominación de la naturaleza”.
Crecer en el mundo en el que te dicen erróneamente que Dios
no es para homosexuales te cierra muchas puertas y me atrevo a decir que la
Iglesia Católica perdió muchos santos por culpa de unos predicadores
desinformados o con más miedo que inteligencia. Nadie es perfecto.
Es así que llegamos a un punto donde los movimientos LGBT (y
disculpen si me falta alguna letra, no se sientan discriminados) son, en su mayoría,
enemigos acérrimos de lo que prodiga la fe católica, evangélica o luterana. Con
esto, no estoy justificando ninguna muestra de violencia hacia persona o institución
alguna solo hago un poco de contexto para algún escaso de información que
necesite una guía poco detallada de una penosa causante.
A este punto hemos llegado hasta pleno siglo XXI donde yo
coexisto con esta falta de empatía, indiferencia con el ignorante y una
terrible escasez de “ponte en mis zapatos”. Siendo yo, un homosexual muy
orgulloso de serlo y un feligrés católico en perfeccionamiento, quiero
compartir mi vida, mis experiencias en ambos ambientes. Estoy en el medio de
burlas homofóbicas que duelen aún a mis 26 años, de gente open mind con el
cerebro cerrado y de gente piadosa que dictan juicios cuales voceros informales
del mismo Dios. Así voy viviendo hace un poco más de un año y espero que al escribir
se me solucionen algunas cuestiones y pueda ayudar a personas confundidas
homosexuales y heterosexuales; católicas, evangélicas, agnósticos, ateos, etc. A leer desde sus zapatos la vida en los míos.
