miércoles, 21 de septiembre de 2016

A forma de introcucción

Crecer homosexual en un mundo hecho por y para heterosexuales es más complicado de lo que cualquier heterosexual pueda imaginar. Ciertas instituciones enseñan que lo correcto es que un varón y una mujer se junten porque se aman, más no de otra forma. Mientras que otras instituciones dicen que si te gusta alguien del mismo sexo eres un anormal o “estás enfermo”  y si eres menos suertudo te dicen “aberración del demonio” o “abominación de la naturaleza”.

Crecer en el mundo en el que te dicen erróneamente que Dios no es para homosexuales te cierra muchas puertas y me atrevo a decir que la Iglesia Católica perdió muchos santos por culpa de unos predicadores desinformados o con más miedo que inteligencia. Nadie es perfecto.

Es así que llegamos a un punto donde los movimientos LGBT (y disculpen si me falta alguna letra, no se sientan discriminados) son, en su mayoría, enemigos acérrimos de lo que prodiga la fe católica, evangélica o luterana. Con esto, no estoy justificando ninguna muestra de violencia hacia persona o institución alguna solo hago un poco de contexto para algún escaso de información que necesite una guía poco detallada de una penosa causante.


A este punto hemos llegado hasta pleno siglo XXI donde yo coexisto con esta falta de empatía, indiferencia con el ignorante y una terrible escasez de “ponte en mis zapatos”. Siendo yo, un homosexual muy orgulloso de serlo y un feligrés católico en perfeccionamiento, quiero compartir mi vida, mis experiencias en ambos ambientes. Estoy en el medio de burlas homofóbicas que duelen aún a mis 26 años, de gente open mind con el cerebro cerrado y de gente piadosa que dictan juicios cuales voceros informales del mismo Dios. Así voy viviendo hace un poco más de un año y espero que al escribir se me solucionen algunas cuestiones y pueda ayudar a personas confundidas homosexuales y heterosexuales; católicas, evangélicas, agnósticos,  ateos, etc. A leer desde sus zapatos  la vida en los míos.